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Lo extraño, perverso e inaudito

Edgard Allan PoeJuan Antonio Rosado | Siempre!

Para Rubén Darío, Edgar Allan Poe fue el “cisne desdichado que mejor ha conocido el ensueño y la muerte” y también “el príncipe de los poetas malditos” y “uno de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano”. Antes, Charles Baudelaire había escrito de él que llevaba en su frente la palabra desgracia. A estas percepciones románticas se agregan las que generó su legado literario. El poeta nicaragüense destaca en el estadounidense su facultad musical y fuerza matemática. Esta visión es certera y Poe se encargó de difundirla. Basta leer ensayos como “La filosofía de la composición” para percatarnos de la conciencia de forma que nunca lo abandonó. Poe tiene razón cuando revela que en el arte literario no hay nada azaroso: todo es premeditado; los elementos de la obra están allí porque el escritor ha calculado y probado que su incorporación funciona. El autor aplicaba su cerebro matemático a la creación para lograr concisión, intensidad y, sobre todo, los efectos adecuados. Por ello inventó a un personaje como Auguste Dupin, uno de sus alter ego, el detective en quien se basarán posteriores narradores policiacos.

Poe buscó el efecto, la tensión, la intriga, pero jamás cayó en lo superficial. Cada elemento posee una intención, y la racionalidad desempeña el papel central incluso cuando leemos los sucesos más perturbadores o irracionales (enterrados vivos, magnetismo y mesmerizaciones, naufragios, pesadillas, asesinatos, crueldad…) e incluso cuando se alude al alcohol o al opio. Pero Poe no deja cabos sueltos. Por ello obtiene un equilibro entre la predominante prosa narrativa y la argumentativa. Un caso tal vez único en que se conjuga lo anterior con la transformación del personaje es “El escarabajo de oro”, uno de sus mejores cuentos. En sus narraciones, los efectos quedan a cargo de las descripciones, a menudo sensoriales, llenas de color y plasticidad, de contornos fijos y precisos aun cuando exhiba lo más grotesco o cruel.

Como romántico, admirador de Byron y Coleridge, se rebeló contra la rigidez y se sumergió en el irracionalismo creador: hizo de su vida una obra de arte (trágica) en gran medida porque no pudo escapar de sus circunstancias. La primera de ellas fue haber nacido en una incipiente nación que apuntaba a la industrialización y al materialismo; la segunda, haber quedado huérfano de niño y ser adoptado por el intransigente y rígido John Allan, quien a la postre significará lo contrario de las aspiraciones de Edgar, pese a que gracias al vínculo de Allan con varias revistas inglesas, el niño se relacionó con el mundo de la prensa y el romanticismo: cuentos de terror, poesía de Byron, Wordsworth y Coleridge.

Transgresor e inadaptado, Poe se condujo a contracorriente, como Schiller, Byron y muchos otros. El horror, a menudo inexplicable, como en “La máscara roja”, refleja de algún modo sus propios temores. Incluso sus textos satíricos y humorísticos se hallan impregnados de asuntos macabros o grotescos, como en “El rey Peste”. Con razón, Julio Cortázar afirma que mientras Nathaniel Hawthorne escribe “relatos de hombre normal”, Poe lo hace “de hombre anormal”. Pero en su obra, lo más visible es el razonamiento. Poe suele darles prioridad al retrato y a la argumentación. Muchos de sus personajes son estáticos, como Dupin o Pfaall, aunque su retrato se diluya. Otras veces, lo dinámico del personaje consiste en un cambio radical sin habernos internado en su interior, como ocurre con el asesino de “El gato negro”. Comoquiera que sea, Poe es maestro de la intriga y de la tensión narrativa por su empleo, con premeditación, alevosía y ventaja, del dato oculto.

El extrañamiento, un repentino cambio sicológico u objetivo pueden sacudir al lector tras una descripción cuya finalidad fue generar tensión, o pueden detonar esa tensión y poner en marcha la narración misma. Acaso sea una de las estrategias esenciales en este cuentista emblemático. Leer a Poe es enfrentarse con ese ángel de lo extraño de uno de sus cuentos, a mi juicio, más característicos, por la estrecha unión de inteligencia, humor, ironía, crueldad y muerte: lo sublime y lo grotesco en indisoluble matrimonio. Celebro la nueva edición de Editorial Mirlo, que incluye sus cuentos y su única novela, pero también dos de sus textos teóricos.

Edgar Allan Poe, Cuentos completos y Las aventuras de Arthur Gordon Pym. Prólogo de Juan Antonio Rosado Z., Mirlo, Iconos literarios, México, 2017; 855 pp.

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