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Lujo, ostentación y hedor en el palacio de Versalles

Luis XIV* Los deficientes saneamientos del complejo, que llegó a acoger a 20.000 personas, convirtió la corte de Luis XIV en un lugar insalubre

“Versalles era resplandeciente y grandioso; Versalles era feo y asqueroso; Versalles también podría ser extraño y grotesco”, afirmó el siglo pasado el escritor Louis Kronenberger. El legendario palacio asociado con el lujo y la ostentación de la corte francesa de los siglos XVII y XVIII y sobre todo con Luis XIV, Luis XVI y María Antonieta, era también conocido por su escasa salubridad.

Al lado de la estricta etiqueta, las intrigas y el exagerado refinamiento convivían unos malos olores y una falta de higiene cuya fama ha llegado hasta nuestros días. ¿A qué se debe esta mala reputación? Una ubicación desafortunada, la falta de instalaciones adecuadas y una etiqueta social muy diferente a la de hoy son algunas de las respuestas

Varios relatos de los siglos XVII y XVIII glosan el hedor del palacio de las más de 2.000 ventanas. Una de las razones era que había pocos sanitarios dentro del complejo, que acogía una multitud de nobles y subalternos, de poderosos y sirvientes. En total, se ha calculado que unas 20.000 personas llegaron a vivir en él. En muchos lugares de las instalaciones, en lugar de excusados y retretes, había sirvientes que traían un recipiente cuando se los reclamaba.

Por desgracia, no siempre llegaban a tiempo, por lo que en ocasiones extremas, algunos hacían sus necesidades en el rincón disponible más cercano. “Mendigos, sirvientes y visitantes aristocráticos utilizaban las escaleras, los pasillos y cualquier lugar apartado para aliviarse”, escribió el británico Horace Walpole, un aristócrata del siglo XVIII que describió el palacio de Versalles como un “gran pozo negro”, cuyo olor se aferraba a la ropa, a la peluca e incluso la ropa interior.

El duque de Saint-Simon relató en su Memorias de Luis XIV que la Princesse d’Harcourt una noble francesa, a veces orinaba mientras caminaba, sin ninguna vergüenza, “dejando un rastro terrible detrás de ella que hacía que los sirvientes desearan mandarla al diablo”. No era lo más normal, pero tampoco excepcional, que algunos sirvientes y visitantes aristocráticos orinaran entre cortinas y tapices. Y, por lo que respecta a María Antonieta, tenía dos perros de raza carlino a quienes se les permitía aliviarse donde quisieran.

Los pocos sanitarios fijos -sillas con agujeros y un recipiente de cerámica debajo que se vaciaba tras llenarse -que estaban disponibles podrían derramarse; Voltaire se alojó en una habitación del palacio que describió como “el agujero de mierda con peor olor en todo Versalles”.

Y luego estaba el problema de la ubicación del gran palacio, construido sobre antiguos pantanos que causaban problemas de olor. Además, incluso tras estar terminado, en un complejo de tales dimensiones había siempre obras de algún tipo, lo que producía más polvo y suciedad. Todo ello formaba un cóctel que, sumado al olor de los perfumes e incluso el de las intensas flores de los jardines, resultaba, literalmente, embriagador. “El aire era tan intenso con el perfume mezclado de violetas, flores naranjas, jazmines tuberosas, jacintos y narcisos que el Rey y sus visitantes a veces se veían obligados a huir de los dulces abrumadores”, según un autor inglés del siglo XIX citado en The Story of Versailles de Francis Loring Payne.

En invierno, debido a chimeneas ineficientes, el humo y el hollín impregnaban la tapicería, las alfombras y los tapices. El rey Luis XIV trataba de ocultar los numerosos olores a través de vaporizadores de esencia de azahar y cuencos de líquidos perfumados que colocados por su personal por el palacio. Se empleó una técnica similar para combatir los olores corporales y de las prendas. Porque mientras la nobleza se cambiaba la ropa interior a diario, igual que la ropa de cama, los vestidos no se podían lavar y acumulaban polvo y suciedad.

Hélène Delalex, historiadora y conservadora en el palacio de Versalles, explica en un documental de Toute L’Histoire que los aristócratas trataban de enmascarar los olores rancios con perfumes fuertes como el almizcle y el ámbar, tan potentes que el rey Luis XIV les atribuía sus dolores de cabeza. También se colocaban bolsitas perfumadas en los bolsillos de los vestidos, debajo de las axilas y en otros lugares, y se perfumaban y espolvoreaban las pelucas con harina para absorber cualquier grasa.

Otras prácticas de higiene personal, hoy cuestionables, incluían frotarse los dientes con plantas astringentes como el romero o el ciprés, mezclados con aromáticas como el tomillo, la canela o la menta, para combatir la halitosis; una aristócrata francesa en Versalles describió cómo usaba esencia de orina en una carta escrita a un miembro de su familia. No fue suficiente para prevenir caries dentales, y William Renwick Riddell apunta en un artículo publicado en The Public Health Journal que con 47 años el rey Luis XIV prácticamente no tenía dientes sino un absceso crónico que goteaba pus.

Los baños calientes, además eran una rareza. Suponían un proceso arduo que consistía en transportar una bañera de metal a una habitación, llenarla con agua caliente y luego vaciarla a mano, cosa que solo la aristocracia se podría permitir. Muchos médicos del momento desaconsejaban bañarse en agua cálida ya que creían que abriría los poros de la piel y permitiría la entrada de enfermedades, algo que el rey Luis XIV acabó creyendo. Él comenzaba su día lavándose las manos y la cara con agua, y pasando una toallita por su cuerpo.

No es que los franceses de la época fueran especialmente sucios; que en otras cortes de la época ocurría lo mismo. En Inglaterra, según un escritor del siglo XVII, el rey Carlos II vivía en un palacio “repugnante y apestoso”, y se cuenta también que, en el siglo XVIII, la futura Catalina la Grande quedó impactada cuando llegó a Rusia desde su relativamente limpio hogar de su familia alemana. Pero por su parte, “el rey Luis XIV estaba convencido de que era excepcionalmente limpio”, afirma Georges Vigarello, un académico francés especializado en la historia de la higiene. ¿Quién sabe cómo se verán los actuales patrones de limpieza por sociedades diferentes a la de hoy?

Fuente: lavanguardia.com

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