{"id":48102,"date":"2017-12-09T11:16:29","date_gmt":"2017-12-09T17:16:29","guid":{"rendered":"http:\/\/elcronistadigital.com\/?p=48102"},"modified":"2017-12-09T11:16:29","modified_gmt":"2017-12-09T17:16:29","slug":"el-lector-de-cuentos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/elcronistadigital.com\/?p=48102","title":{"rendered":"El lector de cuentos"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/elcronistadigital.com\/wp-content\/uploads\/2017\/12\/sonatina.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-48103\" alt=\"sonatina\" src=\"https:\/\/elcronistadigital.com\/wp-content\/uploads\/2017\/12\/sonatina.jpg\" width=\"450\" height=\"256\" srcset=\"https:\/\/elcronistadigital.com\/wp-content\/uploads\/2017\/12\/sonatina.jpg 450w, https:\/\/elcronistadigital.com\/wp-content\/uploads\/2017\/12\/sonatina-300x170.jpg 300w, https:\/\/elcronistadigital.com\/wp-content\/uploads\/2017\/12\/sonatina-342x194.jpg 342w\" sizes=\"auto, (max-width: 450px) 100vw, 450px\" \/><\/a>Iv\u00e1n Hern\u00e1ndez A. | El Espectador<\/p>\n<p>Motivar a los ni\u00f1os para que lean depende de un sinf\u00edn de circunstancias, pero en general, es fundamental que sus padres o sus mayores les lean. Luego empiezan a recorrer su propio camino.<\/p>\n<p>Hace muchos a\u00f1os, muchos, visit\u00e9 semanalmente un colegio de ni\u00f1os en las afueras de Medell\u00edn. La idea era leer con ellos literatura infantil. Recuerdo que al comenzar la hora le\u00edamos poes\u00eda. Me impresionaba ver el gusto con que la o\u00edan. Versos como La princesa est\u00e1 triste, qu\u00e9 tendr\u00e1 la princesa \/ La princesa no r\u00ede, la princesa no siente \/ La princesa persigue por el cielo de oriente \/ La lib\u00e9lula vaga de una vaga ilusi\u00f3n, los le\u00edmos muchas veces.<\/p>\n<p>Pienso que ese gusto de los ni\u00f1os por la poes\u00eda se debe tal vez a que para ellos el lenguaje no es todav\u00eda la gastada herramienta con la que enga\u00f1an a los dem\u00e1s y se enga\u00f1an a s\u00ed mismos. Jam\u00e1s sent\u00ed que la poes\u00eda fuera para ellos extra\u00f1a ni dif\u00edcil; cuando le\u00edmos Arbol\u00e9, arbol\u00e9 \/ seco y verd\u00e9 \/ nunca me preguntaron qu\u00e9 quer\u00eda decir arbol\u00e9, pues ellos mejor que nadie saben que arbol\u00e9 s\u00f3lo quiere decir arbol\u00e9, y si algo m\u00e1s, seco y verd\u00e9. Le\u00edmos pues a Rub\u00e9n Dar\u00edo y a Silva, a Pombo, a Garc\u00eda Lorca y a Mart\u00ed, a Gabriela Mistral.<\/p>\n<p>Otras veces, si por casualidad entraba un p\u00e1jaro al sal\u00f3n de clase o uno cantaba en el jard\u00edn vecino, le\u00edamos hasta aprender de memoria Cantadora sencilla de una gran pesadumbre \/ Que entre ocultos follajes la paloma torcaz \/ Acongoja la selva con su blanda quejumbre \/ Picoteando arrayanes y pepitas de agraz.<\/p>\n<p>Los ni\u00f1os oyen en los poemas palabras que est\u00e1n muy escondidas en su coraz\u00f3n. Esas palabras, inexpresables para ellos y para nosotros, el poeta las dice, las combina en im\u00e1genes conocidas, con ritmos y rimas que nacen de su inspiraci\u00f3n. Tal vez, el recuerdo de esas palabras, de ese sentimiento de belleza, hoy lejana, pero que en alg\u00fan momento de su ni\u00f1ez estuvo cerca, tiene mucho que ver con la afici\u00f3n a la poes\u00eda del lector adulto.<\/p>\n<p>Naturalmente, tambi\u00e9n le\u00edmos cuentos. Algunos muy famosos, otros menos. Si el d\u00eda era gris y oscuro, y estaba lloviendo, y la noche anterior hab\u00eda sido luna llena, le\u00edamos cuentos de horror. El que m\u00e1s p\u00e1nico nos produjo fue El Rey de los Topos y su hija, de Alejandro Dumas. Recuerdo tambi\u00e9n que cuando le\u00edmos el Gigante Ego\u00edsta, los ni\u00f1os lloraron de tristeza al ver los clavos en las manos del ni\u00f1o y en sus piececitos, y luego lloraron de alegr\u00eda cuando el ni\u00f1o invit\u00f3 a su amigo el gigante a jugar con \u00e9l en el para\u00edso.<\/p>\n<p>Y despu\u00e9s quisieron saber qui\u00e9n era Alejandro Dumas y qui\u00e9n Oscar Wilde, y d\u00f3nde quedaba Par\u00eds y d\u00f3nde Dubl\u00edn. Les gust\u00f3 saber que Oscar Wilde era un ni\u00f1o triste como algunos de ellos, que en los recreos no le gustaba jugar f\u00fatbol; que se quedaba leyendo y mirando sus libros. Cuando les cont\u00e9 que debido a su talento tuvo muchos enemigos, y hasta muchos amigos que lo traicionaron y dijeron de \u00e9l mentiras y fueron los culpables de que hubiera estado en la c\u00e1rcel, sintieron l\u00e1stima y solidaridad. Tanta, que cuando se refer\u00edan a \u00e9l no le dec\u00edan Oscar Wilde, sino Oscar, como a un amigo.<\/p>\n<p>___________<\/p>\n<p>Hay quienes aconsejan que a los ni\u00f1os hay que darles algo m\u00e1s que libros de Hadas o libros de aventuras, algo m\u00e1s formativo. Olvidan quienes as\u00ed opinan que cada vez que se abre un libro de cuentos de hadas se abre una puerta al otro mundo: al mundo interior. Que all\u00ed viven los deseos y los miedos, las emociones y los impulsos, las ideas sobre lo que es y lo que no es la vida. (Estas ideas que siguen sobre los cuentos de hadas y los de tradici\u00f3n oral, se las o\u00ed repetir muchas, tantas veces a mi amiga, a mi profesora Natalia Pikouch).<\/p>\n<p>Claro, esta puerta tambi\u00e9n existe en cualquier obra literaria, en cualquier obra de arte, pero es particularmente amplia en los cuentos infantiles. Sobre todo en los cuentos m\u00e1gicos de tradici\u00f3n popular, que tienen miles de a\u00f1os. Estos cuentos describen de manera imperceptible, y por eso m\u00e1s poderosa, las leyes seg\u00fan las cuales funcionan el mundo de adentro y el de afuera. C\u00f3mo vive el amor en el coraz\u00f3n y c\u00f3mo se consigue el cari\u00f1o de la persona que se quiere, c\u00f3mo vencer el miedo y al enemigo, y c\u00f3mo se obtiene el tesoro. Cu\u00e1ndo hay que callar y cu\u00e1ndo hablar, cu\u00e1ndo rebelarse y cu\u00e1ndo someterse, cu\u00e1ndo actuar y cu\u00e1ndo esperar.<\/p>\n<p>Toda esta sabidur\u00eda la transmiten los cuentos y el ni\u00f1o la aprende de manera natural, sin darse cuenta. Se transmite de forma sutil y divertida, involucra todo el ser del ni\u00f1o y llega directamente a su coraz\u00f3n. Sin darse cuenta, el ni\u00f1o aprende lo esencial de las relaciones humanas, de la interacci\u00f3n entre el hombre y la naturaleza, entre el destino y la acci\u00f3n de cada instante.<\/p>\n<p>En estos cuentos, los sentimientos y los valores no est\u00e1n contaminados: el bien y el mal se distinguen con claridad y son completos hasta el final; las acciones y sus consecuencias tienen una l\u00f3gica perfecta. Cuando el mundo que rodea al ni\u00f1o es confuso y contradictorio, el cuento m\u00e1gico tradicional le da la seguridad de lo correcto.<\/p>\n<p>Los cuentos m\u00e1gicos se basan en los valores que permitieron sobrevivir a la humanidad hasta hoy, y son indispensables para la conservaci\u00f3n de la especie humana y del planeta. Son valores sociales y ecol\u00f3gicos, \u00e9ticos y est\u00e9ticos. Los cuentos aseguran que si se siguen estos valores, si uno se gu\u00eda por el coraz\u00f3n, aparece la magia y suceden cosas maravillosas, se cumplen los deseos m\u00e1s altos y la felicidad se instala en la vida para siempre. De hecho, todas las religiones y filosof\u00edas dicen lo mismo, s\u00f3lo que los cuentos son m\u00e1s divertidos y convincentes.<\/p>\n<p>Nuestra desconfianza hacia los cuentos se basa, en primer lugar, en que desconfiamos de todo lo f\u00e1cil y divertido. Creemos que los mejores trabajos son los dif\u00edciles, las mejores medicinas las que saben mal, los mejores estudios los desagradables. Pero no es as\u00ed. En realidad, el mejor aire es el que se respira f\u00e1cil, la mejor comida la que sabe bien, la mejor compa\u00f1\u00eda la del ser amado, el mejor aprendizaje el que obtenemos sin darnos cuenta: s\u00f3lo con divertirnos, s\u00f3lo pas\u00e1ndola bien, s\u00f3lo jugando.<\/p>\n<p>Como obras literarias de exquisita calidad, los cuentos infantiles cl\u00e1sicos desarrollan adem\u00e1s el lenguaje y por ello la inteligencia, propician la formaci\u00f3n de la l\u00f3gica, refinan el gusto literario y est\u00e9tico, ofrecen informaci\u00f3n valiosa sobre el mundo y tienen un sinn\u00famero de otras bondades.<\/p>\n<p>As\u00ed que cuando un ni\u00f1o lee o escucha un cuento m\u00e1gico, un cuento de hadas, lejos de perder el tiempo estar\u00e1 realizando un gigantesco trabajo de auto-conocimiento y auto-educaci\u00f3n. Y mientras m\u00e1s gusto reciba de ello, m\u00e1s poderosos y ben\u00e9ficos ser\u00e1n los resultados.<\/p>\n<p>A veces me pregunto c\u00f3mo llega alguien a convertirse en un buen lector, qu\u00e9 circunstancias debieron rodear su vida de ni\u00f1o o adolescente para que, pasados los a\u00f1os, busque en los libros sosiego y contento. A pesar de que trato de responder a esta pregunta tomando como ejemplo mi experiencia, no logro darme una respuesta satisfactoria. Cuando indago a otros, lo m\u00e1s frecuente es o\u00edrles decir que se hicieron lectores gracias a que tuvieron la suerte de escuchar, de ni\u00f1os, la voz de su abuela cont\u00e1ndole historias. Hay quienes aseguran que en su casa hab\u00eda una biblioteca a la que entraban si estaban aburridos durante el d\u00eda, o en las primeras horas de la noche, cuando a pesar de que llamaban el sue\u00f1o, el sue\u00f1o no llegaba.<\/p>\n<p>No me cabe duda de que el recuerdo y la impresi\u00f3n de esa voz que oye el ni\u00f1o antes de dormir, que lo tranquiliza y le hace pensar que a la ma\u00f1ana siguiente lograr\u00e1 despertar y sobreponerse a los monstruos y peligros que lo acechar\u00e1n en la noche, tiene algo que ver con la afici\u00f3n a la lectura del hombre adulto.<\/p>\n<p>Debo confesar que no tuve una abuela que me contara cuentos, ni tampoco una habitaci\u00f3n c\u00e1lida, fresca y luminosa en la que pudiera matar mis horas de aburrimiento. Sin embargo, debo decir que mi gusto por las palabras es heredado: mi mam\u00e1 las trataba con cuidado y delicadeza.<\/p>\n<p>En fin, el primer libro que le\u00ed, o que hoje\u00e9, fue uno grande, tan grande que casi no pod\u00eda con \u00e9l. No s\u00e9 c\u00f3mo lleg\u00f3 a mis manos. De lo \u00fanico que estoy seguro es de que era m\u00edo, es decir que pod\u00eda, en cualquier momento, hacer prevalecer mi derecho sobre \u00e9l frente a mis hermanos. Las primeras lecturas (las llamo lecturas aunque no eran eso exactamente) las hice tirado en el piso de mi cuarto, bocabajo. El libro ten\u00eda pocas palabras, y, en cambio, s\u00ed muchos dibujos. Los protagonistas de la historia eran una mam\u00e1 elefanta y su hijito. A pesar de que me esfuerzo, no logro recordar por qu\u00e9 ni qui\u00e9n quer\u00eda separarlos. De cualquier modo, s\u00e9 que la mam\u00e1 elefanta, mediante el amor y el tes\u00f3n lograba vencer los obst\u00e1culos y conservar al elefantico a su lado. En este momento sin embargo me parece que no era a ella sino a \u00e9l a quien se deb\u00eda que todo terminara bien; de cualquier modo, eran el amor y el tes\u00f3n de los dos h\u00e9roes lo que hac\u00eda que los malvados fueran derrotados y el bien triunfara. Ese libro lo le\u00ed muchas veces.<\/p>\n<p>No creo haber llorado nunca mientras lo le\u00eda, pero la tristeza que me inspiraban los sufrimientos de los protagonistas era muy grande y me gustaba mucho. Al levantarme del suelo despu\u00e9s de varias lecturas me sent\u00eda m\u00e1s seguro, y con la sensaci\u00f3n de que tambi\u00e9n yo hab\u00eda contribuido a que las cosas se resolvieran bien.<\/p>\n<p>No s\u00e9 qu\u00e9 pas\u00f3 con ese libro. Seguramente en uno de los muchos trasteos de esa \u00e9poca (parec\u00edamos una familia de gitanos) se perdi\u00f3. S\u00e9 que entonces no lo ech\u00e9 de menos. Ahora, en cambio, me gustar\u00eda tenerlo. A veces, cuando visito una librer\u00eda de viejo, una de las anticuarias de Medell\u00edn, y mientras miro los t\u00edtulos, de pronto lo recuerdo: por un instante creo que voy a toparme con \u00e9l; un momento despu\u00e9s s\u00e9 que no es posible, y entonces temo que toda esa historia de los elefantes no sea m\u00e1s que un invento m\u00edo, que el libro no existi\u00f3 nunca.<\/p>\n<p>De esa primera \u00e9poca no recuerdo otros libros. Tengo sin embargo un recuerdo que s\u00e9 que tiene mucho que ver con ese gusto. Siendo muy ni\u00f1o, una noche en que estaba enfermo y me hab\u00eda subido una fiebre alt\u00edsima, tuve una visi\u00f3n que a\u00fan ahora no deja de atormentarme. Si estoy en la cama y miro hacia una ventana peque\u00f1a, temo que all\u00ed, de un momento a otro, aparezca una bruja. La de esa noche ten\u00eda la cara envejecida, y como las brujas de los cuentos iba montada en una escoba. Era bizca, con ojos que parec\u00edan mirarse el uno al otro; presa del terror me levant\u00e9 y corr\u00ed a la ventana; al llegar ya no hab\u00eda nadie. Volv\u00ed a la cama esforz\u00e1ndome por no creer en lo que hab\u00eda visto, pero al mirar de nuevo ella estaba all\u00ed. Se re\u00eda a carcajadas, con una risa muda. Adem\u00e1s me hac\u00eda muecas, muecas obscenas. A partir de ese d\u00eda y por mucho tiempo, segu\u00ed vi\u00e9ndola cada noche cuando estaba a punto de dormirme.<\/p>\n<p>Luego, adolescente, vinieron las lecturas del colegio, las obligadas lecturas del colegio: El Lazarillo de Tormes, El Diablo Cojuelo. De \u00e9stas, creo que muy pocos estudiantes recuerdan nada grato. El joven de doce a\u00f1os no tiene (salvo muy notables excepciones) una idea del lenguaje que le permita disfrutar los giros, las sutilezas y gracias de esos libros. Ellos conmueven al lector, no al muchacho que busca en los libros respuesta a los interrogantes y angustias que la vida le plantea cada d\u00eda.<\/p>\n<p>En Ibagu\u00e9, el pueblo de mi infancia, no hab\u00eda bibliotecas; tampoco en el colegio. Cerca a mi casa, sin embargo, hab\u00eda un garaje muy curioso en el que alquilaban bicicletas, revistas porno y libros viejos. Alg\u00fan d\u00eda acompa\u00f1\u00e9 a un amigo a alquilar una bicicleta; recuerdo que mientras \u00e9l cerraba el trato, me sent\u00e9 a hojear las revistas. De pronto el due\u00f1o se me acerc\u00f3 y me pregunt\u00f3 qu\u00e9 edad ten\u00eda. Le respond\u00ed que 12 a\u00f1os. Me dijo que yo no pod\u00eda mirarlas, pues se expon\u00eda a que lo multaran. En cambio pod\u00eda alquilarme un libro. Acept\u00e9 sus razones. Sal\u00ed pues del garaje con un libro entre mis manos. Como deb\u00eda devolverlo pronto, lo llev\u00e9 al colegio y en una de las clases comenc\u00e9 a leerlo. Media hora m\u00e1s tarde ya no me interesaba nada de lo que suced\u00eda en el colegio; s\u00f3lo quer\u00eda saber qu\u00e9 suerte hab\u00edan corrido esos personajes reci\u00e9n llegados a mi vida. Al d\u00eda siguiente devolv\u00ed el libro y alquil\u00e9 otro. A partir de entonces comenc\u00e9 a leer libros de una manera en que no lo he vuelto a hacer jam\u00e1s.<\/p>\n<p>Debo decir que el autor de los libros a que me refiero es Marcial Lafuente Estefan\u00eda. Todav\u00eda hoy me pregunto c\u00f3mo pude leer tantos libros del mismo autor, sobre todo si se tiene en cuenta que difieren muy poco unos de otros. Hace poco vi en una librer\u00eda una edici\u00f3n reciente de varias obras de este autor reunidas en un solo volumen. Sin dudarlo lo compr\u00e9, lo llev\u00e9 a mi casa, y se lo regal\u00e9 a mi hijo. Me cuid\u00e9 de no hacer las alabanzas que a mi juicio el libro merec\u00eda, a sabiendas de que \u00e9stas despertar\u00edan en \u00e9l naturales suspicacias. Dej\u00e9 pasar varios d\u00edas, al cabo de los cuales le pregunt\u00e9 c\u00f3mo iba con su lectura. Me respondi\u00f3, sin m\u00e1s, que no le hab\u00eda interesado. Le dije entonces que dejara pasar un tiempo y volviera a intentarlo. S\u00e9 que lo hizo, y que el resultado fue a\u00fan peor. Intrigado, me decid\u00ed a leerlo yo de nuevo, con la expectativa de que esa lectura me ayudar\u00eda a comprender las diferencias entre mi hijo y el ni\u00f1o que yo fui. Sin embargo, al cabo de unas cuantas p\u00e1ginas, sent\u00ed que el libro se me ca\u00eda de las manos, que me dorm\u00eda.<\/p>\n<p>En realidad, no quiero decir que Marcial Lafuente Estefan\u00eda sea un mal escritor, simplemente digo que no es un cl\u00e1sico. \u00bfQu\u00e9 hay en \u00e9l que me gustaba tanto? Ante todo, aventura. Poco despu\u00e9s, siendo ya lector, le\u00ed algunos cl\u00e1sicos de la literatura juvenil (Stevenson, Verne, Salgari). A algunos los he vuelto a leer en la edad madura, y esa lectura, a diferencia de lo que sucedi\u00f3 con Marcial Lafuente, ha constituido para m\u00ed un placer extraordinario. La juventud, como cualquier otra edad, comunica a lo le\u00eddo un sabor particular. La madurez permite comprender en esos mismos libros asuntos, detalles, niveles de significaci\u00f3n que pasaron para el joven desapercibidos. No me refiero en este caso a ninguna bibliograf\u00eda cr\u00edtica, ni a los comentarios, explicaciones o interpretaciones que generalmente acompa\u00f1an los libros cl\u00e1sicos en las ediciones escolares. Los profesores no deber\u00edan cansarse de repetir a sus alumnos que ning\u00fan libro que hable de un libro dice m\u00e1s que el libro en cuesti\u00f3n. Por una inversi\u00f3n de valores muy difundida en el sistema escolar, la introducci\u00f3n, el aparato cr\u00edtico, la bibliograf\u00eda hacen las veces de una cortina de humo que esconde lo que el texto tiene que decir y que s\u00f3lo lo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios. La escuela debe permitir al estudiante conocer un buen n\u00famero de cl\u00e1sicos juveniles e infantiles, de modo que \u00e9l, ya no en la escuela sino por su propia cuenta, en una lectura desinteresada, haga la elecci\u00f3n de los cl\u00e1sicos que mejor se acomodan a su personalidad y a sus intereses.<\/p>\n<p>Y a la pregunta de por qu\u00e9 leer cl\u00e1sicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan comprender m\u00e1s a fondo nuestro tiempo, debo responder que un libro cl\u00e1sico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna. La aparente paradoja tiene una explicaci\u00f3n: un cl\u00e1sico no ser\u00e1 nada, es decir no ser\u00e1 cl\u00e1sico, si no refleja nuestra sensibilidad. Como dijera Azor\u00edn, nos vemos en los cl\u00e1sicos a nosotros mismos.<\/p>\n<p>Por lo dem\u00e1s, la formaci\u00f3n en los cl\u00e1sicos quiz\u00e1 nos permita juzgar de modo m\u00e1s confiable qu\u00e9 libros, entre el alud de los de actualidad, vale la pena leer. Tal vez esta sea una de las pocas utilidades de la lectura de los cl\u00e1sicos. En realidad, leer los cl\u00e1sicos no sirve para mucho. \u00bfPor qu\u00e9 pues leerlos? Italo Calvino responde: \u201cLa \u00fanica raz\u00f3n que se puede aducir es que leer los cl\u00e1sicos es mejor que no leer los cl\u00e1sicos\u201d.<\/p>\n<p>Y si alguien me pregunta si aprend\u00ed muchas cosas leyendo a Stevenson, a Salgari o a Marcial Lafuente, debo responder que muy poco; o, por lo menos, que si algo aprend\u00ed, afortunadamente no me di cuenta de que lo estaba haciendo.<\/p>\n<p>Ahora, en cuanto a si existe una literatura escrita exclusivamente para ni\u00f1os, creo (para decirlo de manera bien sencilla) que s\u00f3lo existe una literatura que gusta tambi\u00e9n a los lectores ni\u00f1os y a los lectores j\u00f3venes. En este tipo de literatura es necesario que exista la noci\u00f3n de aventura. Sin aventura, es decir sin riesgo, sin misterio, sin viaje, no hay literatura propia para j\u00f3venes, sino \u00fanicamente cursiler\u00eda y adoctrinamiento.<\/p>\n<p>En fin, creo sinceramente que la buena literatura, ll\u00e1mese literatura infantil, juvenil o adulta, cumple un papel fundamental, pues es ante todo cultura: ella nos hace m\u00e1s humanos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Iv\u00e1n Hern\u00e1ndez A. | El Espectador Motivar a los ni\u00f1os para que lean depende de un sinf\u00edn de circunstancias, pero en general, es fundamental que sus padres o sus mayores les lean. Luego empiezan a recorrer su propio camino. Hace muchos a\u00f1os, muchos, visit\u00e9 semanalmente un colegio de ni\u00f1os en las afueras de Medell\u00edn. 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