Desde Londres a Nicaragua
Emilio José Bastida
Español enfermero residente en Londres, decidí aventurarme a participar en un proyecto con Progressio ICS (ONG inglesa) en Nicaragua. ¿Las razones? Quería sentir por primera vez lo que significa ayudar a personas con recursos limitados. Además, la organización necesitaba voluntarios hispanohablantes que pudieran ayudar en la comunicación entre voluntarios ingleses y nicaragüenses.
Allí, durante un periodo de diez semanas, llevé a cabo proyectos de educación y de seguridad alimentaria. Durante las próximas líneas intentaré describir mi experiencia, con el objetivo de que más gente se anime a embarcarse en este tipo de aventura.
Antes de partir, ya me decían que sufriría un estado que los expertos llaman «shock cultural», pero nunca me podía llegar a imaginar que sería algo tan duro y tan confuso. Sobre todo, porque allí se viven experiencias inolvidables muy diferentes a lo que nosotros estamos acostumbrados a vivir en países como España.
Mi estancia la desarrollé en un pueblo pequeñito llamado Mozonte, al norte de Nicaragua, cerca de la frontera con Honduras. Una cultura increíble impregnada con restos de la Revolución Sandinista que se vivió allá por 1979 y que puso fin al régimen dictatorial de la familia Somoza. Me encontré con gente abierta y acogedora, que nos brindó la oportunidad de conocer desde dentro los problemas más directos relacionados con la pobreza.
Allí aprendí las similitudes culturales que tenemos los españoles con los latinos, por lo que me llegué a sentir como en casa, además de sentirme algo identificado al imaginarme -y vivir- lo que mi abuelo tantas veces me contaba en sus historias acerca de la situación de pobreza que atravesaba España cuando se encontraba en vías de desarrollo.
En mi grupo éramos diez personas, de las cuales solo dos conocíamos la lengua hispana, por lo que nuestro rol, aparte de ejercer de voluntarios, era también hacer de traductores, e incluso de profesores de español, para hacer así que nuestros compañeros ingleses pudieran desarrollar sus tareas y alcanzar sus objetivos con éxito. Aquí se observa la importancia de que todos nosotros éramos conscientes de que podíamos aportar algo para ayudar a los demás, sin que el idioma, religión o ideologías políticas se vieran envueltos en nuestro objetivo final.
Así, como enfermero desarrollé programas de salud dirigidos a jóvenes de una comunidad en los suburbios de Ocotal, que se creó después del conocido Huracán Mitch. También montamos viveros de vegetales que abastecían guarderías que solo contaban con tortillas de maíz con sal para alimentar a sus alumnos.
Estas condiciones -esta situación provocaba desnutrición en muchos de sus infantes- supuso un gran shock para nosotros, pero para ellos era algo que concebían con normalidad, ya que no conocían otra cosa aparte de lo que habían sido enseñados de generación en generación debido a la extrema pobreza.
Sin embargo, para muchos de nosotros la experiencia más excitante la vivimos en un pueblo llamado «El Viejo», en la costa del Pacífico, donde otra organización se encontraba inmersa en un proyecto para salvar a la Tortuga Carey, animal en grave peligro de extinción.
En Nicaragua, la comercialización ilegal de sus huevos es una práctica muy común, por lo que durante las noches, hay personas que se apropian de todos los huevos que las tortugas ponen. Según nos explicó nuestro guía, en la región tan solo quedan ya 500 ejemplares de esta especie.
Nosotros realizamos patrullas nocturnas para conseguir estos huevos y cuidarlos en un vivero que pertenecía a la organización que se encargaba de luchar contra la desaparición de esta enorme y preciosa especie. Durante el resto del día, también realizamos limpieza de playas, reforestación de manglares y educación medioambiental a los locales.
El haber estado en este país, que es el segundo más pobre de América después de Haití, fue todo un reto para cada uno de nosotros, pero con un feedback totalmente gratificante por parte de los nativos indígenas.
Por todo esto, ahora que he vuelto a casa, quería compartir mi experiencia. Ahora me siento motivado e inspirado para contar al mundo lo que he hecho y experimentado, y para animar así a cada uno de los que desempeña una tarea parecida a compartir una historia como la mía, que no duró mucho tiempo pero que marcará mi vida para siempre. Desarrollé habilidades de dirección, liderazgo y de comunicación que me servirán para mi futuro profesional.
Fuente: El Ibérico.
