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Ricos tras “tropezar” con fardos de droga

Casa de nuevo rico en Sandy Bay, a la par, un árbol arrancado por el huracán Félix en 2007.

* Un periodista español y una mexicana exploran América, este es un extracto de su paso por el Caribe de Nicaragua

Pablo Ferri y Alejandra S. Inzunza (*)

Sandy Bay.- Ese día Reinaldo Cruz despertó antes de que saliera el sol. Tomó un café con mucha azúcar, se puso sus botas militares y encendió un cigarro. Caminó hasta la orilla del mar, donde estaba varada su lancha, y esperó a que llegara su compañero. Amanecía cuando ambos salieron a mar abierto a pescar tiburones. Pasaron más de ocho horas a dos o tres millas de la costa, pero volvieron con las manos vacías. Reinaldo, un tipo flaco, tostado, de piel curtida y mirada cansada, caminaba ya para su casa cuando vio algo en la arena que llamó su atención. Era un bulto plastificado. Se acercó y lo tanteó: acababa de encontrar varios kilos de cocaína.

«Hay que esconderlo bien y esperar a que vengan a comprarlo», le dijo a su compañero en voz baja. Al igual que Reinaldo, muchos indios misquitos de Sandy Bay, la comunidad más grande de la Región del Atlántico Norte de Nicaragua (RAAN), han hecho de la droga su negocio. Uno en el que la suerte influye más que otra cosa.

Sentado en la cocina de su casa, este hombre de 65 años cuenta cómo arregló su vida en una semana. «A los pocos días de encontrar el paquete, vinieron los extranjeros y me pagaron», dice en un español difícil de entender. Los «extranjeros», sobre todo narcos colombianos y hondureños, compran los kilos que los comunitarios encuentran a unos dos mil o tres mil dólares cada uno.

Con lo que obtuvo de la venta, Reinaldo construyó su casa, un cómodo hogar de madera de dos pisos. Además compró dos motores y otra lancha. De esta historia hace 13 años, pero la droga sigue cayendo en Sandy Bay y sus alrededores casi cada mes.

Ahora este buzo retirado vive de alquilar sus lanchas y cuartos, aunque de vez en cuando sale al mar. Una de sus inquilinas, Doña Juana, sonríe y mira al «viejo» en la escalera. «A ver si yo un día me encuentro un paquete. Así pago la universidad de mis hijos y dejo de vender mangos», suspira mientras lava unos platos.

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—¿Por qué quieren ir a Sandy Bay? —pregunta desconfiado el comandante Miguel Castillo— Es la cuna del narcotráfico aquí.

Castillo, quien forma parte de la Policía Nacional de Nicaragua, rebusca entre nuestras mochilas, nos toma fotos —a los dos— de frente, de perfil y nos interroga por separado.

Estamos en un cuartucho del cuartel de la Fuerza Naval de Bilwi, la capital de la RAAN. Este es el Caribe pobre, aquí no hay grandes hoteles ni pasan los cruceros. Apenas hay turistas. Sólo llegar es una odisea: 25 horas en coche desde Managua o dos en una avioneta de 15 plazas. Esa es la razón por la que el comandante Castillo desconfía, por eso saca fotos de todas las hojas de nuestros pasaportes y nos retiene por más de tres horas en el cuartel.

En su cabeza, dos extranjeros (un español y una mexicana) que han hecho el viaje hasta Bilwi —una zona estratégica en la ruta marítima del narcotráfico—, quieren subirse a una lancha y continuar dos horas más hasta Sandy Bay, son sospechosos en una de las áreas más armadas de la región. Prácticamente nadie viene a este lugar. Se dice popularmente que los extranjeros que llegan aquí siempre son narcotraficantes y, por tanto, los pangueros que nos llevan a Sandy Bay nos dicen que debemos pedir un permiso a la Policía antes de dejarnos abordar. Después del interrogatorio y la extensa revisión, el policía sentencia solemne: «Pueden ir a Sandy Bay, pero tal vez no regresen».

Un barco velero en Sandy Bay.

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Un puñado de lanchas descansa en la orilla de la laguna salada, junto al pequeño muelle. A lo lejos se alcanzan a ver grandes mansiones de tres pisos, todas de colores pastel, con antenas de televisión por cable y decorados barrocos. Sandy Bay, con 15 mil habitantes, es la comunidad misquita más grande al norte de Bilwi y una de las más afectadas por el paso del huracán Félix en 2007, que dejó en la región 180 mil damnificados y más de un centenar de muertos. Fue también la que más rápido se recuperó. En Bilwi se quejan de que todo el cemento que llega a la zona es enviado de inmediato para aquí. La construcción está en auge. Decenas de personas llegan todos los días de otras comunidades, e incluso de Honduras, a trabajar de albañiles. Una postal de Sandy Bay podría ser la de una exuberante mansión, junto a un par de árboles gigantes con las raíces al aire por la fuerza del huracán, y unas vacas pastando.

Todos los días se va la luz. Todavía hoy, en la mayoría de los hogares las velas son la única forma de iluminar durante la noche, pero ahora aquellos con grandes casas tienen su propio generador. Las líneas de teléfono no llegan pero las antenas de celular sí. Potentes motocicletas han sustituido a los caballos. El alcantarillado no existe, pero un impresionante estadio de beisbol aguarda las horas previas a que se inicie la serie regional. La pintura luce fresca y las bancas relucientes.

El auge económico de Sandy Bay tiene su origen en la reactivación de la ruta de la droga que va de Sudamérica a Estados Unidos por el Caribe nicaragüense. Todo empezó a finales de la guerra en Nicaragua (1978-1990), que dejó más de 50 mil muertos. Reinaldo recuerda los primeros síntomas, cuando la contrainsurgencia le obligó a enfrentar al gobierno revolucionario sandinista. Ya entonces vio algún bulto. Como soldado lo mandaron a Río Coco, en la frontera con Honduras, uno de los puntos más calientes de la ruta. «Ahí ya vi fardos de marihuana», recuerda, «pero no los agarré porque eso entonces no daba dinero. ¡Ahora sí!».

La droga se ha convertido en el lenguaje de Sandy Bay. Kerlin Clark, una joven de 25 años que trabaja en una tienda de abarrotes, empieza a señalar a las personas que más se han enriquecido con el paso de la cocaína. «Allí está la esposa del wista (juez), ellos son dueños de la casa rosa gigante”, dice sonriente. «Todos ellos tienen mucho dinero, pero no invitan más que una cerveza» agrega.

Los días aquí se miden respecto a la última vez que cayeron los fardos. «Cuando cae droga, la gente se vuelve loca. Todos se van a buscar fardos. Quien tiene panga, sale al mar a buscar; los que no, van en moto a la playa. Todo el mundo sale de su casa», apunta Kerlin, otra «desafortunada» que nunca ha encontrado uno.

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En el siglo XVII, cuenta el antropólogo misquito Avelino Cox, el capitán Henry Morgan arribó al puerto de Cabo Gracias a Dios, la actual frontera con Honduras. La fama de sanguinario de uno de los piratas más célebres del Caribe hizo temer a los misquitos por la vida de su rey. Sin embargo, después de reunirse, Morgan y el monarca se fundieron en un abrazo y sellaron una alianza que acabó con estos indígenas como tripulantes de los corsarios ingleses.

En una de las travesías, un misquito de nombre Willis subió a la montaña de la isla de San Fernando, en Chile, para buscar leña. Las flotas españolas se acercaban peligrosamente, así que el capitán y el resto de la tripulación escaparon y abandonaron a este hombre. Tres años después otro barco pirata, en el que se encontraba el hermano de Willis, regresó a la isla. El hombre, lejos de desfallecer, había construido su pequeño reino.

Cox asegura que los ingleses se apropiaron de esta historia. Para él, la inmortal obra de Daniel Defoe, Robinson Crusoe, publicada en 1719, está basada en la vida de Willis. Aunque tenga más de mito que de realidad, ese hombre solitario buscándose la vida en una isla, podría resumir el drama de la Mosquitia: una zona que siempre ha congeniado más con los extranjeros que surcan sus costas que con sus vecinos del Pacífico.
www.dromomanos.com
(*) Extracto de reportaje de Dromómanos.

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