Recuerdos de “Platero y yo”
Dr. Vicente Maltez Montiel (*)
Por las aulas del Instituto Ramírez Goyena de Managua, caminaba aquel querido profesor de baja estatura, gordito, pañuelo en mano secaba el abundante sudor de su rostro moreno. De verbo apasionado, declamador y dariano era el profesor Edgardo Fuentes Montoya, conocido cariñosamente como “El Puchito”.
EL “Puchito” era el único profesor que hacía exámenes sorpresas porque decía “que el alumno debe estudiar todos los días”. La impactante frase que anunciaba la evaluación sorpresiva era: “saquen papel y lápiz…”.
Durante casi un mes estudiamos la obra del poeta español Juan Ramón Jiménez, por lo cual puedo asegurar que muy probablemente ningún goyenista discípulo de este refugiado político salvadoreño, puede dejar de conmoverse ante la poesía, flor de la vida y el espíritu humano.
Una prueba de ello es que su clase de las once de la mañana a veces se extendía a la una y nos debíamos ir del aula porque entraba el turno vespertino. Nadie quería irse de esa clase.
A finales de mayo se han cumplido cincuenta y cinco años del fallecimiento del poeta español Juan Ramón Jiménez, (1881-1958) ganador del Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra, designándose como trabajo destacado de la misma, la narración lírica “Platero y Yo”.
Cuando Juan Ramón tenía 19 años de edad comienzan sus trastornos de la salud mental que lo han convertido en uno de los depresivos más famosos, pero ante todo un depresivo que supo vencer su enfermedad.
La pérdida de su padre y la quiebra del negocio familiar fueron los desencadenantes de su primera depresión (1900), que lo llevó a ser huésped de un sanatorio mental en su natal Huelva y después en el sanatorio del Rosario de Madrid, donde llegó a recibir a Machado, Valle-Inclán y Benavente.
Abandona España en 1936 al iniciarse la guerra civil española (1936-1939) y viaja por Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico, país donde fallece en 1958.
El estilo poético de Juan Ramón fue depurado, él siempre buscaba la belleza absoluta y admiró profundamente a nuestro Rubén Darío. En el Platero y yo, escrito en 1917, funde fantasía y realismo en las relaciones de un hombre y su asno y la genialidad de esta obra la ha llevado a ser el segundo libro en idioma español más publicado, después del Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes.
Jiménez nos legó un trabajo poético de más cincuenta años y está considerado como uno de los pilares de la literatura española al lado de Lope, Quevedo y Góngora.
Puchito leía y nos hacía leer en público los diferentes capítulos de Platero y yo. Y los paseos del burrito debíamos sentirlos, como si lo estuviéramos viendo cuando, cargando a su amo, caminaba con su “cascabeleo” peculiar.
En la obra, el poeta conversa con Platero de una manera muy peculiar, se vincula a los humildes, a los niños, mendigos, al tonto del pueblo, en el marco de un paisaje lindo como los que describe Pío Baroja.
El burro o asno se nos presenta humano, sensible, lindo. Combate la concepción de ser un animal testarudo. Obliga a pensar en los burros de Somoto, inteligentes y nobles, capaces de ir a traer agua al río y volver al hogar con el valioso líquido.
El fenómeno de la depresión de los poetas ha hecho plantear a la medicina la interrogante sobre lo peligroso que puede ser el oficio de poeta. Ernest Hemingway, Virginia Wolf, los japoneses Kawabata y Misihima, José Asunción Silva y recientemente el nicaragüense Francisco Ruiz Udiel, son ejemplos de quienes pusieron fin a sus valiosas vidas por propia mano.
Otro aspecto de la vida y salud de los poetas es la conducta autodestructiva, como lo demostró en su obra la doctora Nydia Palacios Vivas sobre la depresión de Rubén Darío, quien muere de cirrosis hepática alcohólica. Igual destino tuvo Carlos Martínez Rivas, el autor de “La insurrección solitaria”.
Un reciente estudio del doctor Luis Mínguez (2011), de la Universidad de Burgos, dice que hay relación entre la poesía, trastorno mental y suicidio y concluye “que se trata de una estrecha y frecuente relación”.
El estudioso analizó la vida de 132 creadores durante 250 años y explica que se detecta que hay un vínculo entre enfermedad bipolar y creatividad, ya que los “bipolares” suelen ser más creativos y la depresión los lleva a las dimensiones más profundas de la muerte.
La depresión de los poetas está asociada a varios factores: pérdida de seres queridos, traumas infantiles, carencia de parejas estables y de redes sociales de apoyo, malas condiciones de vida, adicciones tóxicas (alcohol, tabaco, drogas) y el cultivar géneros intimistas.
Se ha considerado que el factor principal que destaca es la existencia de enfermedad mental, en especial cuando hay historia de intentos y amenazas suicidas, así como fracasos sentimentales.
La depresión y el suicidio de poetas siempre nos deben hacer recordar el cuento “Pájaro Azul”, de la obra AZUL de nuestro Rubén Darío, que narra la historia de Garcín, un poeta que se va de este mundo disparándose un tiro en la cabeza.
La bella poesía y la resiliencia personal de Juan Ramón Jiménez son un ejemplo y nos sirve cada día como una recomendación de vida en los pacientes que padecen depresión, una de las enfermedades del siglo XXI que afecta o puede afectar a una de cada cinco personas.
Cuando Platero muere, el poeta escribió: “La barriguilla de algodón se le había hinchado y sus patas rígidas y descoloridas se elevaban al cielo”. La inocencia perdida del mundo nos espera en las bellas páginas de Platero y yo, que tanto nos enseñó a amar el querido profesor “Puchito”. Platero sigue vivo en nuestros corazones y en el mundo.
*Especialista en Medicina Interna y licenciado en comunicación social. Autor del libro “Larga vida y prosperidad, consejos de salud”.
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