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Gente del “Chapo” ordenó asesinato en Nicaragua

Camioneta en la que viajaba Salvador Augusto Guzmán Parada, alias “Truck, cuando fue acribillado en 2011 en Chinandega.

Camioneta en la que viajaba Salvador Augusto Guzmán Parada, alias “Truck, cuando fue acribillado en 2011 en Chinandega.

* El 27 de mayo de 2011 a las 9:20 de la mañana, un tiroteo en la entrada de Chinandega terminó con la vida del ex capitán salvadoreño Salvador Augusto Guzmán Parada, alias “Truck”, un informante de la DEA

El modelo de alianzas que “el Chapo” instaló en Centroamérica ha funcionado casi sin problemas por 20 años. En 2011, arrestos y ajustes de cuentas modificaron los mapas pero el trasiego sigue con éxito.

Héctor Silva Ávalos (*)
La Prensa Gráfica

Dos días antes de la Nochebuena de 2012, miembros de la banda Los Perrones se reunieron en el hotel Florencia de San Miguel con dos emisarios hondureños, agentes de la inteligencia militar salvadoreña y al menos dos líderes pandilleros, según confirmó un investigador que, encubierto, vigiló aquel encuentro. El asunto a tratar: el decomiso el 5 de diciembre en Peñas Blancas, en la frontera entre Costa Rica y Nicaragua, de 193 kilos de cocaína que la banda movía para socios del cartel de Sinaloa.

A partir de las 9 de la noche de ese 22 de diciembre, el agente infiltrado empezó a enviar a sus contactos en San Salvador fotos de los vehículos todoterreno que llegaron al Florencia. También enviaba mensajes de texto. En uno de ellos, al que el autor tuvo acceso, se lee: “Hay cumbre navideña de Perrones ahorita. Están… arreglando el negocio… Y están los que pasaron de perritos a perrones”, escribe el informante en referencia a los cambios en el liderazgo en la banda tras las capturas y condenas de Reynerio Flores Lazo y Juan María Medrano, dos de los transportistas más importantes del cartel de Sinaloa en la década de 2000.

Durante los dos años que pasaron entre la captura de Reynerio en Honduras –2010– y su condena a 80 años de cárcel, investigadores salvadoreños y hondureños intercambiaron información sobre los herederos del exlíder de Los Perrones y sobre los movimientos de droga atribuidos a la banda. La lectura de esos informes lleva a concluir que el flujo de cocaína nunca se detuvo.

El 12 de septiembre de 2011, la Policía costarricense incautó un cargamento de 140 kilos de cocaína que, según la inteligencia salvadoreña, eran parte de otra carga de Sinaloa que movían Los Perrones.

Fue también en 2011 que Élmer Bonifacio Medrano Escobar, uno de los viejos líderes de la banda que había hecho contactos con Sinaloa desde finales de los noventa, viajó al Atlántico hondureño para, según la inteligencia de ese país, reunirse en persona con “el Chapo” Guzmán en La Brea.

Antes de la reunión del Florencia, la banda de oriente ya se había reorganizado y algunos de sus viejos líderes habían cambiado de sede para ensanchar negocios. En San Miguel, Pasaquina y Santa Rosa de Lima, miembros más jóvenes del clan empezaban a controlar las rutas.

En Honduras, José Natividad Luna Pereira, alias “Chepe Luna”, se reinventaba con éxito para seguir controlando negocios de trasiego con los proveedores mexicanos. Luna, uno de los socios fundadores de Los Perrones, había huido de El Salvador a mediados de la década pasada tras escapar de operativos armados para capturarlo que fallaron debido a filtraciones desde los más altos niveles de la PNC, según exfuncionarios de dos gobiernos salvadoreños.

El 16 de octubre de 2011, un equipo de investigadores viajó desde El Salvador para, en coordinación con homólogos hondureños, seguir los pasos de Luna Pereira. Durante tres días, los detectives verificaron casas, oficinas y recorridos de la rutina del narco que plasmaron luego en un informe: Chepe Luna solía salir de su casa en la colonia Godoy de Tegucigalpa, cerca del aeropuerto Toncontín, en un Hyundai café o en un Kia blanco. Viajaba con una pistola Beretta. La siguiente parada: Talleres Ulúa, sede de una compañía de transportes que, según fiscales hondureños que emprendieron un proceso legal contra Luna en agosto de 2012, es fachada de una flota que también mueve droga de Sinaloa, ya no en El Salvador sino en Honduras.

Entre el 17 y el 18 de octubre, los detectives siguieron a Luna hasta una residencial privada llamada Manatiales, en la salida a carretera al sur, Tegucigalpa. Ahí, según un exasesor de la Casa Presidencial hondureña en temas de seguridad, Luna se reunió en más de una ocasión con enviados del “Chapo”.

Los investigadores salvadoreños concluyen su reporte de 2011 con una revelación: Luna, a pesar de haberse exiliado a Honduras, seguía controlando movimientos de droga en la parte salvadoreña del golfo de Fonseca. “De acuerdo con la información recabada esta persona permanece en Honduras, (pero) se mueve en el departamento fronterizo de Alianza y en un lugar conocido como Barrancones (al sur del salvadoreño departamento de La Unión, donde Luna empezó sus operaciones en los noventa)”.

La muerte de “Truck”

Para Los Perrones, 2011 fue de restructuraciones. Ese año, un exmilitar, que había hecho labores de inteligencia política para la derecha salvadoreña y durante la guerra de los ochenta inteligencia militar contra la guerrilla, se convirtió en intermediario de Los Perrones con agentes antinarcóticos estadounidenses en Honduras, según confirmó un exmiembro de la banda. La mediación terminaría por costarle la vida.

El 27 de mayo de 2011 a las 9:20 de la mañana, según un reporte de la Policía nicaragüense, un tiroteo en la entrada de Chinandega terminó con la vida del excapitán salvadoreño Salvador Augusto Guzmán Parada, alias “Truck”. En un informe tras su asesinato, la inteligencia policial salvadoreña asegura que una de las hipótesis del crimen está relacionada con la posibilidad de que la gente del “Gordo Paredes”, el narco guatemalteco que había sido uno de los primeros nexos del “Chapo” con los operadores centroamericanos del cartel de Sinaloa, haya ordenado la ejecución de “Truck” al enterarse de que había hablado con agentes de la DEA.

Siete días antes de que lo asesinaran, Guzmán Parada llamó a uno de sus contactos en la inteligencia policial salvadoreña para decirle que el carro P 348-087, un Toyota Corolla verde 1997, lo andaba siguiendo. Y reveló que el mismo carro aparecía siempre que él se reunía con un “grupo de trabajo con el que analizaba estrategias legales” para aliviar la situación de Reynerio, condenado a 80 años de cárcel por tráfico. “Truck” había visto el carro el 10 de mayo, cerca de la casa número 12 de la avenida Hueytepec de Arcos de Santa Elena, el suroeste de San Salvador.

A finales de 2011, otro de los operadores de Sinaloa en El Salvador y Honduras cayó preso. El 10 de noviembre, una patrulla detuvo un bus de la empresa King Quality “a la altura de la posta policial El Tizatillo, salida al sur”, dice un reporte de la Policía hondureña, por existir una orden internacional de difusión roja de INTERPOL (sic). Cuando lo detuvieron aquel día, Rómulo Antonio Portillo, alias “Tony Sinaloa”, salía de Tegucigalpa tras pactar un cargamento de cocaína. Todo era, en realidad, una trampa que le había montado la DEA y unidades élite de Honduras y El Salvador para arrestarlo. Hoy, según expedientes policiales en El Salvador, Portillo colabora con las autoridades en Estados Unidos.

Pese a los arrestos y las ejecuciones, los reacomodos en los liderazgos, los flujos nunca se interrumpieron. La red que “el Chapo” Guzmán y sus emisarios armaron en El Salvador y Honduras resistió, se transformó y sobrevivió. Una muestra de la vitalidad de las rutas es la actividad en la pista aérea del Jagüey, en la que según informes de la DAN de 2007 y 2008 aterrizaban avionetas con cargamentos de cocaína que movía Daniel Quezada, uno de los viejos líderes de Los Perrones. Hace un mes, en San Salvador, un alto oficial de la PNC confirmó que la pista sigue activa.

(*) El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de American University en Washington, D. C.

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