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Víctima de “La Bestia” y la pobreza

Terencio Lozano* Terencio intentó encontrar mejor vida en Estados Unidos. No logró llegar y regresó con mayor desgracia

Madelyn Pérez (*)

León, Nicaragua.- “¿Una pulserita de recuerdo?, solo 20 cordobitas…”— me parecía decir en voz baja aquel joven al que no le puse atención por estar viendo la Catedral, mientras aprovechaba el sol para tomarle los mejores ángulos.

De pronto, algo me hizo voltear y ahí estaba Terencio, con su piel quemada por el sol, sus manos tostadas y una sonrisa que me sorprendió.

Sin duda que su silla de ruedas llamaba la atención, pero ¡cuántos nicaragüenses lisiados de guerra viven en esas condiciones! —me dije—.

No, gracias, le contesté lo más amable que pude, pues estoy acostumbrada a no darle a nadie por lástima, me ofrezca lo que me ofrezca. Debo confesar que me duele mucho no poder hacer más, por lo que si tengo dinero lo invitaría a un café, un fresco de cacao o…

“¿Y no le gusta esta tricolor, como la bandera de México?…”

El corazón se me hizo chiquito y, como tratando de evitar que me viera asombrada, le dije:

—¿Por qué México?, enséñame una azul y blanco—

“¡Ah, es que esas ya se me acabaron, pero si viene mañana se la tengo. ¿Usted es turista, verdad?”

Ni como ocultar mis fachas, camisola, jeans, chinela de gancho, mechuda y con cámara al cuello…

—No, cómo se te ocurre, soy tan nica (nicaragüense) como vos, lo que pasa es que ando documentando la arquitectura del Centro. Mucho gusto, me llamo Madelyn.

“Mucho gusto doña Made”, me dijo.

El tipo no dejaba de sorprenderme, tanto que no pude con mi curiosidad.

—¿Cómo te llamas?—

“Terencio, Terencio Lozano”.

—¿Por qué me preguntaste si no quería una pulsera de los colores mexicanos?—

“No sé, tal vez usted era mexicana y la pegaba”.

—De hecho, viví allá mucho tiempo—

“Yo también”, me dijo.

Hasta ahí yo seguía tomándole fotos a la Catedral y a ratitos lo miraba de reojo, y los chavalos que empezaban a salir del colegio, pero…

—¿En serio, donde?— Bajé la cámara y miré sus ojos, de un verde hermoso y una mirada que inspiraba confianza.

“En Chiapas, Morelos y Sonora…”, no recuerdo bien qué otros estados me dijo, para ese momento solo esperaba preguntarle cómo le había hecho, con qué dinero, y ¿en silla de ruedas?

“Ahí perdí las piernas…”, contestó el hombre de aproximadamente 30 años.

Un silencio me invadió y solo lo corté para decirle: pero estás aquí…

“Tenía un sueño, quería ir a trabajar a Estados Unidos pero se me truncó por eso… —hace una pausa un tanto larga—, pero más que nada porque me devolví. Bien estaba aquí, me había ido bien allá y me regresé”.

—¿¡Cómo!, o sea que fuiste dos veces?—

“Pues si doñita, es que la primera vez llegué hasta Michoacán, ahí trabajé bien y me gané unos pesitos, con eso me devolví y puse mi negocio, pero la cosa se fue poniendo mala y como ya me conocía el camino pensé que esta vez si llegaba, pero me pasó el tren…ese que le dicen ‘La Bestia’”.

Mi cara debió haber disimulado el horror de esa imagen que tenía en mi mente…

—¿Y cómo te salvaste Terencio?—

“Íbamos varios conocidos, pero la verdad no supe cómo y caí, pero yo no sentí nada doña Made, solo caliente, muy caliente….y miraba correr mi sangre. Los que iban conmigo se dieron cuenta pero no podían hacer nada.

“Una gente del pueblo que estaba cerca me vieron y me arrastraron hasta un palo, ahí me quedé hasta que llegaron a rescatarme, pero de ahí no me acuerdo de nada, solo que cuando desperté me dijeron lo de mis piernas.

“Pero yo las sentía aun, como si no me hubiese pasado nada. Y así fue como llamaron a la migra y me deportaron. Lo bueno es que esas autoridades mexicanas se portaron bien conmigo, me mandaron con una gente diplomática en avión, fíjese”.

—¿Y tu familia supo?, me imagino estaban desesperados por verte—

“No, hasta que vine. Es que mi mamá vive en Panamá y mi hermano en Costa Rica. Yo vivo solo”.

—¿No tenés hijos?—

“No”.

Hace días fue concedida una visa a inmigrantes hondureños que perdieron sus miembros en el tren apodado “La Bestia” o “El Tren de la Muerte”. ¿Por qué Terencio no tuvo esa opción?

Un periodista posteó una noticia y le envié la foto y una breve historia de Terencio, el resultado: una nota en el periódico mexicano VANGUARDIA. Terencio no tiene una sola en nuestro país.

El sol caía sobre nuestras caras y ya habían pasado 20 minutos platicando. Me contó que los artesanos de Sutiaba (Alcaldía Municipal de León, Nicaragua), le habían enseñado a elaborar esas pulseras ensortijadas que de lejos parecen dulces, como lo contara un periodista mexicano, al que le facilité una foto tomada desde mi celular.

Ese mismo día subí su foto en Twitter para hacer un llamado a alguien o una institución que pudiese ayudarle. En palabras de él, algunas personas le han apoyado, y “mientras tenga vida, puedo”…

Nadie le dio FAV, ni RT…ni nada…quizás porque tenía mi cuenta protegida. Ese día decidí abrir mi cuenta, expresar cosas que tengo guardadas y ayudar desde mis teclas con un poco de las mismas palabras de Terencio.

—Sabes, Terencio, yo he estado queriendo aprender a hacer esas pulseras, porque fíjate que yo hago bisutería con material reciclado, ¿me enseñas?—

“El día que usted quiera, y me enseña cómo combinar colores y otras banderas para que le guste a la gente”.

—¿Te puedo tomar una foto?—

“¡Claro!”, y sonrió.

Terencio y “La Bestia” no es un cuento, es la vida real de quienes a diario cruzan las fronteras buscando conquistar un sueño, algunos, desafortunadamente, pierden más que la ilusión, pero vuelven a sonreír. Siempre se puede.

Me despedí de Terencio y las lágrimas rodaron por un buen rato al sentirme impotente, me dio su número de teléfono para cuando pudiese tomar las clases. No he podido contactarlo, pero si alguien lo ve en el Parque Central de León, dígale que leyó su historia, como se lo prometí, al menos hasta que yo pueda enseñarle cómo desde ese día cada vez que me siento impotente pienso en él y su sonrisa me devuelve la fe.
SE ENFRENTAN A SERIOS PELIGROS

El pasado miércoles, 15 migrantes mutilados por “La Bestia”, que partieron el pasado 20 de marzo de Honduras en una marcha de más de mil kilómetros con destino a Los Pinos en la Ciudad de México, llegaron al Senado de la República, donde participaron en el foro ’Persona Migrante, Centro de la Política Migratoria’.

En el evento, en el que estuvieron presentes el embajador de Estados Unidos en México, Anthony Wayne, algunos senadores, el presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), Raúl Plascencia, y el padre Alejandro Solalinde, director del albergue Hermanos en el Camino, los migrantes centroamericanos expusieron la grave situación de violencia que enfrentan a su paso por México, e hicieron un llamado a las autoridades mexicanas a implementar políticas que los proteja de los cobros de cuota y agresiones por parte de los grupos del crimen organizado.

“Después de tanto sufrimiento, creemos que ha valido la pena el gran esfuerzo. Batallamos mucho en Tapachula para que nos dieran una visa humanitaria y poder llegar hasta aquí, pero al final lo hemos logrado”, dijo José Luis Hernández, presidente de la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (Amiredis).

(*) Madelyn Pérez cuenta con una maestría en arquitectura y especialidad de conservación del patrimonio en la UNAM. Vivió 6 años en México.

@MadelynPerez

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