Huellas en León de Nagrando, primera capital de Nicaragua
Hace casi 500 años, el conquistador español Francisco Hernández de Córdoba fundó la ciudad de León de Nagrando, primera capital de Nicaragua y un boleto a la historia para quienes desandan esta parte del mundo.
Las ruinas de la urbe, que permanecieron durante siglos bajo una capa de cenizas volcánicas, arena y demás elementos, recuerdan al visitante el espíritu de una época, pero también los sinsabores del pasado.
La ciudad nació en 1524, cuando Hernández de Córdoba, a quien Nicaragua debe el nombre de su moneda, encontró en estas tierras los elementos esenciales para un enclave colonial.
Terrenos fértiles y un cuerpo de agua dulce se unieron a la presencia de los indígenas de Imabite, que tenían sus propios dioses y creaban las vasijas más diversas cuando los europeos llegaron en busca de oro.
En aquel territorio a orillas de la laguna Ayagualo -así llamaban al lago Xolotlán-, los nativos recibieron los tratos más crueles, según relatan historiadores y cronistas.
Dicen que a la Casa Real de Fundición de Oro, Banco o Casa de la Moneda se le denominó también de los Aullidos o Lamentos, porque allí marcaban a los nativos con hierro candente para luego enviarlos a Perú o a Panamá.
Bajo el mandato del primer gobernador, Pedrarias Dávila, otro episodio signó la historia de la urbe: 18 indígenas fueron sometidos al llamado «aperreamiento», un castigo mediante el cual los perros desgarraban a los hombres hasta matarlos. La ciudad, cuenta Auxiliadora Pérez, directora del Sitio Histórico Ruinas de León Viejo, vivió un ascenso, tanto en su economía como en su desarrollo, pero luego comenzó a decaer, abatida por los continuos movimientos telúricos y la amenaza de una gran erupción volcánica.
Además, señala en diálogo con Prensa Latina, la mano de obra nativa era cada vez menor y las tierras no dejaban los frutos de antes.
Pero no solo eso provocó que en 1603 apenas quedaran unos pocos habitantes en León de Nagrando.
Décadas antes, los hijos del gobernador Rodrigo de Contreras habían asesinado al obispo Fray Antonio de Valdivieso, defensor de los indios, y forjado con ello la creencia popular de que las constantes sacudidas de la tierra y los males sociales y económicos eran un castigo divino.
En 1610, un fuerte terremoto hizo estragos en la urbe y quienes aún permanecían en sus límites decidieron abandonarla para asentarse a unos 30 kilómetros, justo en el poblado de Sutiaba, donde trajeron al mundo la nueva León.
Tiempo después de la partida, el Momotombo, un coloso de «cinco bocas» según cronistas de la época, y ubicado cerca de la antigua urbe, tuvo una gran erupción.
La ciudad perdida
La arena y otros elementos expulsados por el volcán, junto al paso del tiempo, hicieron que la ciudad permaneciera oculta hasta 1967, cuando un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua-sede León excavó hasta encontrarla.
Ahora, al desandar las ruinas de León Viejo, los visitantes descubren las paredes a medias, los vestigios de un lugar salvado del olvido y que aún muestra el trazado de las ciudades erigidas por los españoles en el «Nuevo Mundo».
Las casi siempre fascinantes rutas de la historia dejan ver los restos de la antigua Iglesia Nuestra Señora de la Merced, o la casa del comerciante Gonzalo Cano, o muy cerca de la entrada del Sitio, lo que antaño fueran habitaciones del Palacio del Gobernador.
También la que se conoció como primera iglesia mayor de esta ciudad, Nuestra Señora de la Piedad, después nombrada Catedral en 1534 -la primera de Nicaragua-, por el papa Pablo III, quien le puso por nombre Santa María de la Gracia, dice la guía del Sitio Martha Palacios.
Precisamente bajo el altar de la edificación, se realizaron excavaciones en noviembre de 2000, y se encontró la osamenta de los primeros tres obispos de Nicaragua, que fueron trasladados después hacia la Catedral de la actual León.
En la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, mientras tanto, se localizaron los restos de Pedrarias Dávila y de Hernández de Córdoba, decapitado en la Plaza Mayor por orden del primero en el lejano año de 1526.
También en el Sitio Ruinas de León Viejo -bajo la administración del Instituto Nicaragüense de Cultura-, una estatua que muestra a un nativo mordido por un perro recuerda los padecimientos de los nativos y rinde tributo a su resistencia.
Algunas de las estructuras de la antigua urbe, entre ellas la Casa Real de Fundición del Oro y la morada del portentoso Cano, resultaron dañadas por los sismos que estremecieron recientemente al país y dejaron en vilo a buena parte de la nación durante al menos dos semanas.
Según los últimos estudios, el temblor de 6,2 grados de magnitud del 10 de abril, que originó más de mil réplicas y al cual sucedieron otras fuertes sacudidas, tuvo epicentro justamente cerca del volcán Momotombo, el mismo que ocultó la ciudad.
Declaradas en 2000 Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, las ruinas de León Viejo -a unos 60 kilómetros de Managua-, evocan hoy, entre añejas paredes de ladrillos, el esplendor y la decadencia de una urbe y el poder de un fenómeno natural.
*Corresponsal de Prensa Latina en Nicaragua.
