Aventura chocolatera que empezó en Granada
Alain Schneider, Clara Isabel Días y Mitchel Bodian, los tres socios del Choco Museo, no imaginaban que una fiesta terminaría uniéndolos en el negocio del cacao o que serían dueños de tiendas en Nicaragua, Perú, República Dominicana y Guatemala.
Era el año 2010. Alain y su pareja Clara Isabel viajaron de Francia a Nicaragua. El plan era hacer un voluntariado por un año en una escuela para niños. Ambos son ingenieros y estaban hartos de sus trabajos. Llegaron hasta la ciudad de Granada con la promesa de gastar la menor cantidad de dinero posible. Así pasaron seis meses hasta que llegó el día en que todo cambió.
La fiesta ganadora
Buscaban un lugar para organizar una fiesta para sus pequeños estudiantes, necesitaban recaudar dinero. Indagando, encontraron un local que les gustó. El dueño estaba dentro; era Mitchel. Había comprado aquella casona, la había remodelado y convertido en un hotel. Sin pensar que ese favor sería el inicio de una duradera sociedad, Mitchel prestó su propiedad.
Organizaron todo muy rápido. La decoración la hicieron de un día para otro y unos amigos Disc jockeys ayudaron con la música. Al parecer, los ingenieros también sabían algo de marketing porque la fiesta fue un éxito, asistieron 400 personas. Mitchel no lo podía creer. Meses antes, él había tratado de hacer lo mismo pero le fue mal. A su fiesta solo acudieron diez personas.
El éxito de aquella reunión lo motivó a lanzar un desafío a la pareja de franceses. Llevaba tiempo buscando darle utilidad a una habitación de la primera planta de su hotel y a una máquina para hacer cacao que había comprado en Estados Unidos.
Cuando se la mostró a Clara Isabel y Alain, la cosa quedó muy clara: convertirían la habitación sin uso en una tienda de chocolate. Era una ecuación que en la mente de los ingenieros se resolvió en cuestión de segundos.
Sin pensarlo mucho, los tres fueron al mercado a buscar granos de cacao. Sus primeras pruebas salieron muy mal. Su chocolate no tenía buen sabor. Pero no desistieron. Visitaron plantaciones, buscaron información y poco a poco descubrieron los orígenes del cacao. “Luego de varios experimentos y errores, –recuerda Alain– probamos una variedad y dijimos: Este chocolate es como el que comíamos en Francia”.
Museo del cacao
Tres meses después de la famosa fiesta, los franceses veinteañeros, junto con Mitchel, abrieron el primer Choco Museo en Nicaragua. No solo querían vender chocolate sino transmitirle al público todo lo que habían aprendido sobre cacao. Con el negocio encaminado, Alain y Clara Isabel regresaron a Francia. Pasaron unos meses en casa y las ofertas de trabajo no tardaron en llegar. “Pero nos dimos cuenta que ninguno de esos puestos de ingeniero eran lo que queríamos. Nos gustaba nuestra vida en Nicaragua”, afirma Alain. Entonces llamaron a su viejo socio. Este les dio la respuesta que esperaban escuchar. “Sería bueno seguir investigando el mundo del cacao. Recuerdo haber estado en el Perú y visitar las plantaciones. Abramos un Choco Museo en ese país”.
En febrero del 2011, Alain y su pareja viajaron al Cusco y cuatro meses después el segundo Choco Museo ya estaba funcionando. Creció rápidamente. En menos de un año pasaron de uno a veinticinco empleados en la tienda. Luego vinieron los dos locales en República Dominicana –que son los más grandes– el de Guatemala, el de Ollantaytambo, Pisac, Barranco y Miraflores. Próximamente habrá uno en el centro de Lima. El cacao los hace ir a toda velocidad.
DULCE EXPERIENCIA
El Choco Museo de Miraflores te recibe con un aromático té de cacao. Entrar en la cafetería de este lugar es entender un poco el mundo del chocolate. Hay un espacio destinado exclusivamente a la enseñanza de las virtudes de esta planta. Un gigantesco árbol con semillas de cacao decora el lugar. En una pared se proyecta un video que explica el largo proceso del chocolate: desde el cultivo hasta la obtención de los productos derivados. Pero lo más interesante aquí son los talleres que ofrecen. Los niños y turistas son los más entusiasmados. Se dictan todos los días, por la mañana y por la tarde, y el recorrido dura una hora y media. El resultado final es delicioso: un chocolate hecho por los propios asistentes a los talleres. Pero para eso hay que esperar. Primero, la guía Janet Cherly ofrece algunos datos curiosos sobre el origen del cacao.
Los pioneros MAYAS
Antes de que las barras de chocolate se inventaran, este se consumía como una bebida. Durante finales del siglo 15, los mayas solían utilizar la semilla del cacao para hacer ofrendas. Luego de cosecharlas, las calentaban en una olla de barro para luego molerlas. Mezclaban esa masa con ají, miel y achiote. Este brebaje era exclusivo para la realeza, pero poco a poco su consumo se fue masificando. Se dice que por esta razón, el dios maya Kukulkán, castigó a su pueblo con la llegada del conquistador español Hernán Cortés quien, al probar las semillas de cacao, quedó impactado. Le gustó tanto que se llevó todas las que pudo a Europa. Fue así cómo los españoles crearon su propia bebida. A la masa de cacao le agregaron leche, canela y clavo, y poco a poco este té empezó a consumirse con el nombre de “chocolate europeo”.
La turista neoyorquina Adrian, la primera persona inscrita en el taller de esta tarde, escucha atentamente la charla de la guía mientras se sirve una taza del chocolate maya. Lo ha preparado ella misma. Irónicamente, este té de chocolate es amargo, no como la mezcla dulzona que enamoró a Cortés. Este té sabe a vinagre.
“El árbol de cacao solamente crece en la zona ecuatorial. Tanto 20 grados hacia arriba como 20 grados hacia abajo. El 60% de la producción mundial está en África. Aunque no hay país que posea las 10 especies. Nosotros tenemos las 6 más importantes, tres de las cuales están en peligro de extinción por los insectos que las atacan”, continúa la guía Janet, mientras nos conduce hacia la tercera y última parte del taller.
Tu propio CHOCOLATE
Es hora de hacer nuestras propias barras de chocolate. Ha llegado el momento más esperado por todos. Cada uno elige el sabor que desea: chocolate blanco, negro o de leche. Janet reparte los moldes y un recipiente con chocolate líquido. “Hay que tener en cuenta que sólo hay dos cosechas anuales. Un árbol demora cuatro años en producir semillas, que equivalen a 100 mazorcas de cacao. Por cada dos mazorcas, se hace una barra de chocolate negro y dos de leche”, aclara la guía.
Luego de decorar los chocolates con galletas óreo, coco, gomitas o quinua, se debe esperar veinte minutos para que se enfríen en la refrigeradora y puedan llevarse a casa. Mientras tanto, Alain muestra todos los productos derivados del cacao que venden en el Choco Museo: barras para los labios, inciensos, velas, cremas y hasta condones. Cuenta que él, junto con 54 productores, están abriendo una Cooperativa de Chocolateros para organizar ferias y charlas informativas. Él y Clara Isabel tuvieron un hijo hace cinco meses, lo han llamado Amaz, como la Amazonía. Ambos se encargan de los locales en el Perú, mientras que Mitchel trabaja con los de Centroamérica.
Están lejanos los días en que trabajaban como ingenieros. Le encontraron el gusto a vivir en un país extraño. Ese es el poderoso encanto del chocolate.
