“Pobres resignados ante injusticia”
Durante un tiempo fuimos un pueblo admirado y cuando llegábamos a otras naciones la gente nos saludaba cálidamente y nos preguntaba sobre el “proceso revolucionario”. Hoy nos ven como un pueblo que “tiró la toalla” y que se resignó a aguantar lo que se le venga encima en términos políticos. Para muestra, un botón.
Bosco Esteruelas
Recibo noticias de una amiga cooperante española en Nicaragua sobre la complicada realidad social del país y la aceptación y fatalismo de la población más pobre frente a la injusticia. ¿Para eso hicieron los sandinistas la revolución en 1979? No me resisto a comparar la resignación innata en pueblos como el nicaragüense con la cólera juvenil de estos días en el Reino Unido. De acuerdo, los dos casos no son comparables pero se me tendrá que admitir al final que aunque los patrones de conducta sean distintos igual de humanos son unos y otros. Tan rabioso y desesperado puede sentirse un adolescente llevándose varios aparatos electrónicos tras asaltar una tienda del barrio londinense de Croydon como un crío marginado rebuscando algo de valor en el basurero de Managua, la capital nicaragüense.
La cooperante describe la patética imagen de gente arremolinada junto a los camiones que llegan a La Chureca, el vertedero municipal, para descargar toneladas de basura. Ni siquiera esperan a que caiga al suelo. Cualquier inmundicia o trasto viejo puede ser de utilidad. Un niño arrastra como puede una rueda gastada mientras los buitres compiten con los humanos en la caza de la porquería en medio de un hedor insoportable. En esa zona viven en condiciones miserables dos centenares y medio de familias, lo que equivale aproximadamente a entre 1.500 y 2.000 personas. Los lugareños apuran los últimos momentos de existencia de este estercolero, que está siendo sellado para ser convertido en una planta de residuos con la ayuda de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid). La Agencia de Cooperación de Andalucía va a financiar por su parte la construcción de 250 casas para esas familias.
En el Reino Unido, su primer ministro, el conservador David Cameron, considera que los disturbios de estos días, en los que han muerto cuatro personas y han sido detenidas un millar, es obra de una pandilla de holgazanes y delincuentes carentes de una educación familiar. Quizá el argumento del líder tory resulte demasiado simplista a la luz del empobrecimiento que algunas zonas ya de por sí deprimidas están experimentando a causa de la crisis económica. Me llama mucho la atención el resultado de una encuesta de urgencia en la que un tercio de los interrogados es partidario de que la policía emplee armas de fuego. Vaya, que no pocos británicos están espeluznados por la ferocidad de los disturbios y exigen mano dura, incluso con el recurso del Ejército.
En Nicaragua, el compañero presidente Daniel Ortega, que el próximo noviembre será reelegido porque cuenta con todo el aparato de propaganda estatal a su servicio, enfatiza que el país está adherido desde 1998 al Código de la Niñez y la Adolescencia promulgado por UNICEF, que defiende la dignidad y la protección de los niños. La aplicación de la norma deja mucho que desear. Mi amiga cooperante ilustra la carta con varios casos de menores que trabajan en condiciones de explotación, que se acercan al plato de un comensal para dar cuenta de las sobras que éste ha dejado en el restaurante o que consumen droga o sucedáneos como unos vasitos con pegamento que inhalan durante horas. Alrededor de 15.000 niños de entre siete y 14 años viven deambulando por las calles de Managua. Se cifra en 5.000 el número de niños muertos el año pasado, principalmente debido a diarreas y enfermedades pulmonares. La mayor parte de la mortalidad se produce en el primer año de vida por causas totalmente evitables relacionadas con la falta de atención e insuficientes condiciones sanitarias. El 21% de los niños nacidos son hijos de madres adolescentes, carentes de una educación sexual, que no pueden mantener a sus criaturas y se ven obligadas a entregarlas en adopción a familias o centros de protección infantil. No pocas terminan en la prostitución. El aborto en la Nicaragua de hoy está prohibido. La Iglesia católica local respalda por eso a Ortega.
La cólera de los jóvenes británicos les ha conducido más allá del placer de incendiar un coche o romper una cristalera al pillaje de productos de consumo no perecederos. En fin, nada de entrar a saco en un supermercado y cargar carros de comida. Ellos prefieren arramplar con vídeos, ordenadores y teléfonos móviles. Las librerías se han salvado. No hay nada que llevarse de bueno de ellas, parecen afirmar con sus gestos los alborotadores.
En la Nicaragua de Ortega, a quien la gente considera una “bendición” y hace caso omiso al abuso de poder de un gobierno convertido en régimen y al enriquecimiento de su propia familia y su entorno político, una hipotética revuelta social acabaría seguramente con las existencias de alimentos de las grandes superficies antes que con los gadgets electrónicos. El 40% de la población está en el umbral de la pobreza y el 16% por debajo de esa línea, según estadísticas de Naciones Unidas.
Todos los abusos cometidos por el nuevo sandinismo, un cóctel de castrismo y cristianismo iluminista, parecen ser comprendidos y aceptados por la población. La corrupción está en todos los gestos cotidianos. Resulta normal que un policía, un empleado municipal o un funcionario estatal cobre por un favor solicitado. Pero a los niños se les inculca en la escuela a ensalzar al “compañero presidente Daniel”, quien en un ardid jurídico sorteó la letra de la Constitución, que impide la reelección de un jefe de Estado, y forzó que la Corte Suprema autorizara su proyecto de continuar en la presidencia y borrar del mapa político a la oposición. ¡Bendito presidente!