Un cubano médico y carretillero
Al regreso de un viaje a una nación asiática en los años 90 del siglo pasado, encontré en un aeropuerto de Miami al que había sido mi médico, un cubano con una especialidad escasa en ese tiempo y con mucho éxito en Nicaragua.
No llevaba estetoscopio ni bata blanca a como acostumbraba verlo en su consultorio, esta vez vestía un mono azul de trabajo y empujaba una carretilla cargada con maletas de viaje.
– ¡Hola, doctor!, parece que va para un viaje largo con tanto equipaje, le dije, dudando un poco al ver su rostro sudado pese al aire acondicionado de la terminal aérea. Me resistía a creer lo que mis ojos me mostraban.
En Managua, el médico de esta historia tiene una clínica con una amplia clientela, lo que le ha permitido adquirir varios bienes inmuebles y darse lujos como cualquier otro galeno de éxito en el país.
Cuenta además con nexos en Cuba, de donde importa los insumos para preparar fármacos que administra como vacunas a sus pacientes, entre los que se cuentan personajes famosos de la vida nacional.
Verlo con aquel overol y sudando la gota gorda, me sorprendió. Dio un respingo cuando lo saludé y me dijo que lo esperara, que solo entregaba las maletas y que regresaba. No tardó mucho en volver y se ofreció a llevar mi equipaje para el trasbordo de avión.
Era inevitable que le preguntara qué hacía ahí, evidentemente, de maletero en un aeropuerto. Sonrió y me dijo tranquilamente que era un sueño que había acariciado toda su vida, y que ya entrado en años había podido realizar.
– ¿Ser maletero?, le espeté, escéptico.
– No, se apresuró. Viajar a los Estados Unidos. Lo único malo aquí es que no reconocen mi título de médico cubano.
– ¿Y la clínica, su hijo, sus pacientes…? Un montón de interrogantes se agolparon mientras, el ahora comprobado migrante, no paraba de sonreír.
Su hijo, que le ayudaba como enfermero en Managua, también había migrado dos años antes, y cuando encontré a mi médico en Miami, laboraba como conductor de un camión. “Y le va muy bien”, adujo, adelantándose quizás a otro reproche mío.
La clínica en Nicaragua con su clientela había quedado en buenas manos, según me dijo, porque una colega suya, también cubana, la había asumido temporalmente.
“Es que pienso regresar, andaba viendo cómo me iba aquí”.
En el transcurso de la plática pasó un joven treintañero con una vestimenta similar a la del especialista, halando una carretilla vacía. Se detuvo junto al doctor cubano y le dio una broma pesada que tenía que ver con la edad de su “colega”.
El médico le regresó la chanza y me lo presentó como un compatriota suyo que había llegado a Cuba como balsero.
– Periodista, dígale a este hombre quién soy yo, no me cree que soy médico, soltó.
El recién llegado se puso en guardia, atento a mi respuesta. Le expliqué sucintamente quién era su par maletero y del aprecio que le tenían sus pacientes en Nicaragua. Ignoro si logré convencerlo, pero de todas maneras a los pocos minutos se alejó con semblante incierto por el inmenso pasillo.
Para fortuna de sus pacientes, el médico regresó a Nicaragua y aunque ya no lo visito porque mi mal remitió, he visto constancia de su presencia en algunos medios de comunicación.
No es el caso de este médico el único de un profesional exitoso en su patria, que busca asentarse a como sea en Estados Unidos. Es innegable la fascinación que ejercen el imperio, sus luces y sus ofrecimientos de ser la “tierra prometida” para quienes ahí habitan.
No dudamos que entre los cubanos y de otras nacionalidades que a diario intentan llegar a Estados Unidos hay muchos profesionales, algunos tal vez con lauros locales como el médico especialista de esta historia, cuyo “sueño” se hizo realidad en Nicaragua, pese a lo cual se sentía atraído por el magnetismo de la bonanza económica en Norteamérica.
¿Es mejor ser camionero en Estados Unidos que enfermero en Nicaragua en una clínica del padre, como en el caso del hijo del galeno cubano? Eso depende de la manera en que cada quien ve las cosas.
Aquí, en Nicaragua, hemos conocido casos como el de un joven electricista de automóviles que veía el parque vehicular de un periódico capitalino y no le iba mal, pero vivía deslumbrado por lo poco que sabía de Estados Unidos.
Era su tema preferido de conversación y cuando se enteraba de personas que habían estado en la gran nación del norte, no escatimaba tiempo para escuchar las anécdotas que pudieran contarle sobre las maravillas, muchas veces exageradas, del sitio motivo de sus anhelos peregrinos.
Finalmente abandonó todo y se lanzó a la aventura. Lo último que supimos de él es que se quedó varado en Guatemala, aunque suponemos que ya está en la nación que lo tenía subyugado aún sin conocerla.
A nuestro país entró recientemente más de un centenar de cubanos procedente de Costa Rica. No es que Nicaragua aliente la migración ilegal hacia Estados Unidos, simplemente para algunos somos un país de tránsito casi inevitable y queramos o no, los autodesterrados –por las razones que sean-, seguirán vulnerando nuestras fronteras.
